Material Asamblea 2010 P.D.M

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La Lectio Divina Dominical Domingo 14 de Septiembre de 2014 Domingo XXIV del Tiempo Ordinario -

La Lectio Divina Dominical   Domingo 14 de Septiembre de 2014  Domingo XXIV del Tiempo Ordinario -
TEXTO BIBLICO Mateo 18, 21 - 35 Dale click en la imagen

viernes, 21 de junio de 2013

12vo. Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

LECTIO DIVINA

Hno. Ricardo Grzona, frp
PRIMERA LECTURA: Zacarías 12, 10-11; 13, 1
SALMO RESPONSORIAL: Salmo 62, 2-9
SEGUNDA LECTURA: Gálatas 3, 26-29
TEXTO BIBLICO: Lucas 9, 18-24
«¡Tú eres el mesías de Dios!»
9,18: Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó:
—¿Quién dice la multitud que soy yo?
9,19: Contestaron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos.
9,20: Les preguntó:
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
Respondió Pedro:
—Tú eres el Mesías de Dios.
9,21: Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.
9,22: Y añadió:
—El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y
letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
9,23: Y a todos les decía:
—El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. 9,24: El que
quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará.
BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO
LECTURA: ¿Qué dice el texto?
Estudio bíblico del texto

Estamos frente a uno de los temas más cruciales en el Nuevo Testamento. Jesús ha tenido por fin un
momento tranquilo de oración cuando se le acercan los discípulo y Él les pregunta, Jesús está
indagando lo que opina la gente sobre Él mismo. Es un tema importante. Es la opinión que se tiene
sobre una persona concreta: Jesús de Nazareth.
Las opiniones son varias. Evidentemente Jesús no ha pasado desapercibido por donde anduvo. La gente
está hablando de Él. ¿Qué dicen? Cosas muy diversas. Es alguien con el poder de convicción de Juan el
Bautista, o el mismo Elías que ha vuelto con su fuerza profética, como algunos grupos esperaban, o
alguno de los antiguos profetas. Esto pone en evidencia las expectativas que había en el pueblo de Israel
en aquel momento. Pero ninguna respuesta es acertada.
Obvio, la pregunta primera de Jesús, da lugar a la segunda pregunta que ya no es para toda la gente. Es
para los discípulos mismos, ¿y ustedes quien dicen que soy yo?
Simón Pedro, tomó la delantera para decir lo más crucial e importante en nuestra fe y asegura con toda
claridad: “Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Todo esto Pedro lo dice por inspiración del
Espíritu Santo (según Mateo 16, 17). Y es que claro, el cambio fundamental de entendimiento sobre
Jesús ya es radical. No estamos frente a una persona importante, a un maestro sabio, Jesús es el Mesías,
es el Hijo de Dios, es el Salvador, el Señor.
Jesús mismo, inmediatamente pide que no lo digan a nadie, y da el anuncio de su pasión. La misión del
Salvador, se cumplirá en la pasión, muerte y resurrección. Tema, que seguramente no entendieron
mucho los discípulos.
Pero la regla fundamental es que para seguir a Jesús, para ser su discípulo, hay que negarse a sí mismo.
No pueden los orgullos, las vanidades y todo el deseo de sobresalir, tener algún lugar en los cristianos.
Es negándose a sí mismo que se podrá ser seguidor, llevando la cruz, no renegar de la cruz, y para
salvarse hay que dar la vida completa por el Señor y su Evangelio.
MEDITACION: ¿Qué me dice a mí el texto?
Este texto es muy claro, nos ayuda a entender muchas cosas. Si nosotros hoy hiciéramos una especie de
encuesta, entre las personas conocidas y otras que pasan por nuestra vida ¿qué encontraríamos de
respuestas?
En unos grupos hemos recibido estas ideas:
Jesús es la personificación de la gran energía cósmica,
Jesús es la reencarnación de los grandes de este mundo que se aparecieron de muchas
formas y nombres
Jesús es un mito que dio origen a una religión.
Jesús es muy importante para vivir ciertos valores… Pero todo está cambiado
Jesús murió por ser buena gente, ya no hay como Jesús…
Muchas de estas respuestas, están totalmente influenciadas por las teorías de la nueva era. Mucha
gente está muy confundida hoy con respecto a Jesús. Incluso, una gran mayoría entiende que Jesús más
que Dios, más que el Mesías, es simplemente el fundador de una religión. Pero no se puede tomar
contacto con Jesús.
Pero ahora Jesús te pregunta a ti:
¿Qué opinas tú de Jesús? ¿Es para ti algo como lo que dijeron algunos mencionados anteriormente?
¿Jesús es el Mesías? ¿Jesús, es para ti el Hijo de Dios?
¿Cómo te relacionas con Él?
¿Cuánto haces tú de oración por Día?
¿Realmente vives negándote a ti mismo, para hacer que sea el mismo Jesús el que viva en ti?
¿Abrazas la cruz de Jesús y das toda tu vida sin reserva para seguirlo, dejando tu vida para seguir al
Señor?
¿Eres consciente que éste es el único camino?
ORACION: ¿Qué le digo yo al Señor?
Señor a quien iremos, Tú tienes palabras de vida nosotros hemos creído que Tú eres el hijo de Dios.
Queremos acercarnos a Ti, para que nos enseñes, para que nos lleves al Padre.
Tú eres el mesías, nosotros creemos en Ti.
Pero queremos pedirte que nos ayudes a aceptar nuestras cruces, a negarnos a nosotros mismos.
Muchas veces seguimos el éxito, la vanidad, el honor, el destacarnos a nosotros mismos.
Pero no nos damos cuenta que sólo en el seguimiento de tu persona, nos encontraremos de verdad a
nosotros mismos.
Señor, que sepamos renunciar a todo lo que nos separa de Ti, para poder ser tus discípulos y tus
misioneros.
Amén.
CONTEMPLACION: ¿Cómo interiorizo el texto?
Podemos repetir varias veces junto a Pedro:
Señor a quien iremos, Tú tienes palabras de vida nosotros hemos creído que Tú eres el hijo de Dios.
Y hacer propia nuestra vida con esta frase y lo que implica el seguimiento de Cristo.
ACCION: ¿A qué me comprometo?
Ser discípulo de Cristo implica seguirlo, pero no como nosotros queremos sino seguirlo con las
exigencias que Él nos pide.
Podemos ir a nuestro grupo, y dialogar con todos sobre las exigencias del seguimiento de Cristo hoy, en
nuestras vidas y tomar algunas acciones que demuestren el amor del Señor.
Y nos proponemos realizar algunas actividades que aún cuando no sean de nuestro agrado puedan
demostrar que estamos cambiando de actitud. Por ejemplo algún servicio humilde, especialmente para
los más necesitados, donde dejemos morir un poco nuestro orgullo para que sea Jesús quien triunfe en
nuestra vida.

viernes, 14 de junio de 2013

11vo. Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C


Hno. Ricardo Grzona,frp
PRIMERA LECTURA: 2 Libro de Samuel 14, 7-10.13
SALMO RESPONSORIAL: Salmo 31, 1-11
SEGUNDA LECTURA: Gálatas 2, 16.19-21



TEXTO BIBLICO: Lucas 7, 36-8,3
«¡Se le han perdona muchos pecados, por su amor!»
7,36: Un fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en casa del fariseo y se sentó a la mesa.
7,37: En esto, una mujer, pecadora pública, enterada de que estaba a la mesa en casa del fariseo,
acudió con un frasco de perfume de mirra, 7,38: se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a
bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra.
7,39: Al verlo, el fariseo que lo había invitado, pensó: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de
mujer lo está tocando: una pecadora.
7,40: Jesús tomó la palabra y le dijo:
—Simón, tengo algo que decirte.
Contestó:
—Dilo, maestro.
7,41: Le dijo:
—Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientas monedas y otro cincuenta. 7,42: Como no
podían pagar, les perdonó a los dos la deuda. ¿Quién de los dos lo amará más?
7,43: Contestó Simón:
—Supongo que aquél a quien más le perdonó.
Le replicó:
—Has juzgado correctamente.
7,44: Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:
—¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para lavarme los pies; ella me los ha
bañado en lágrimas y los ha secado con su cabello. 7,45: Tú no me diste el beso de saludo; desde que
entré, ella no ha cesado de besarme los pies. 7,46: Tú no me ungiste la cabeza con perfume; ella me ha
ungido los pies con mirra.
7,47: Por eso te digo que se le han perdonado numerosos pecados, por el mucho amor que demostró.
Pero al que se le perdona poco, poco amor demuestra.
7,48: Y a ella le dijo:
—Tus pecados te son perdonados.
7,49: Los invitados empezaron a decirse:
—¿Quién es éste que hasta perdona pecados?. 7,50: Él dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado. Vete en paz.
8,1: A continuación fue recorriendo ciudades y pueblos proclamando la Buena Noticia del reino de Dios.
8,2: Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de
enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 8,3: Juana, mujer de Cusa,
mayordomo de Herodes; Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes.

LECTURA: ¿Qué dice el texto?
El texto del Evangelio de este domingo nos presenta dos episodios ligados entre sí. El primero es
un episodio lleno de emoción. Una mujer, considerada pecadora en la ciudad, tiene el valor de
entrar en la casa de Simón, un fariseo, durante el almuerzo, para llegarse a Jesús, lavarle los pies
y llenarlo de besos y perfumes. El segundo es la descripción de la comunidad de Jesús, a la cual
pertenecen los discípulos y discípulas.
Esta división del texto para ayudar en su lectura:
Lucas 7,36-38: Una mujer lava los pies de Jesús en casa de un Fariseo. Una mujer entra, se
arrodilla a los pies de Jesús, comienza a llorar, baña con sus lágrimas los pies de Jesús, se
despeina los cabellos para secar los pies de Jesús, los besa y los unge con perfume. Esto era un
acto de independencia el de soltarse los cabellos en público. Esta es la situación que se crea y
que causa la discusión que sigue.
Lucas 7,39-40: La reacción del fariseo y la respuesta de Jesús. El fariseo, observando la
escena, critica a Jesús y condena a la mujer: “¡Si este hombre fuese un profeta, sabría qué tipo de
mujer es ésta, una pecadora!”. Jesús se sirve de una parábola para responder a la provocación del
fariseo. Una parábola que ayudará al fariseo y a todos a percibir la llamada invisible del amor de
Dios que se revela en el episodio.
Lucas 7,41-43: La parábola de los dos deudores y la respuesta del Fariseo. La parábola de
los dos deudores y la respuesta del fariseo la historia de la parábola es como sigue. Un
prestamista tenía dos deudores. Uno le debía 500 denarios y el otro 50. Un denario era el salario
de una jornada. ¡El salario de quinientos días! Ninguno de los dos tenía con qué pagar. Los dos
fueron perdonados. ¿Cuál de los dos lo amará más? Respuesta del fariseo: “Lo amará más aquél
a quien ha perdonado más”. La parábola supone que los dos, tanto la mujer como el fariseo, han
recibido algún favor de parte de Jesús. Y ahora en el comportamiento que asumen delante de
Jesús, los dos demuestran cómo aprecian el favor recibido. El fariseo demuestra su amor, su
gratitud, invitando a Jesús a comer a su casa. La mujer demuestra su amor, su gratitud con
lágrimas, con besos y con el perfume. ¿Cuál de los dos gestos revela mayor amor: comer o los
besos y el perfume? La medida del amor ¿depende acaso de la medida del regalo?
Lucas 7,44-47: Jesús aplica la parábola y defiende a la mujer. Después de haber recibido la
respuesta correcta del fariseo, Jesús la aplica a la situación creada con la entrada de la mujer a
mitad del almuerzo. Él defiende a la mujer pecadora contra la crítica del judío practicante. Lo
que Jesús repite a los fariseos de todos los tiempos es esto: “¡A quien le ha sido perdonado poco,
demuestra poco amor!”. La seguridad personal que yo, fariseo, me creo por mi observancia de
las leyes de Dios y de la Iglesia, muchas veces, me impiden experimentar la gratuidad del amor
de Dios que perdona. Lo que importa no es la observancia de la ley en sí, sino el amor con el que
observo la ley. Usando los símbolos del amor de la mujer pecadora, Jesús responde al fariseo que
se consideraba justo. “¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y tú no me diste agua para los
pies; mas ella ha regado mis pies con sus lágrimas y las ha secado con sus cabellos. Tú no me
has dado un ósculo, pero ella desde que he entrado aquí no ha cesado de besarme los pies. Tú no
ungiste mi cabeza con óleo perfumado, pero ella ha ungido mis pies con ungüento. Por esto te
digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Por el contrario al que se
le perdona poco ama poco”.
Lucas 7, 48-50: El amor hace nacer el perdón. El perdón hace crecer el amor. El amor hace
nacer el perdón, el perdón hace crecer el amor Jesús declara a la mujer: “Tus pecados te son
perdonados”. Entonces los invitados comienzan a pensar: “¿Quién es éste para perdonar los
pecados?” Pero Jesús dice a la mujer: “¡Tu fe te ha salvado. Vete y no peques más!”. Aquí
aparece la novedad del comportamiento de Jesús. Él no condena, sino que acoge. Y es la fe la
que acoge a la mujer a reponerse y a encontrarse consigo misma y con Dios. En su trato con
Jesús irrumpe en ella una fuerza nueva que la hace renacer.
Lucas 8,1-3: Los discípulos y discípulas de la comunidad de Jesús. Los discípulos y las
discípulas de la comunidad de Jesús recorría las aldeas y ciudades de la Galilea, anunciando la
Buena Noticia del Reino de Dios y los doce estaban con Él. La expresión “seguir a Jesús” indica
la condición del discípulo que sigue al Maestro intentando imitar su ejemplo y participando de su
destino. Los evangelistas no consiguen elaborar una lista de las discípulas que seguían a Jesús,
pero sus nombres, hasta hoy, están esparcidos en las páginas del evangelio, sobre todo en el de
Lucas, y son éstos: María Magdalena (Lc 8,3; 24,10); Juana, mujer de Cusa (Lc 8,3); Susana (Lc
8,3); Salomé (Mc 15,45); María, madre de Santiago (Lc 24,10); María mujer de Cleofás (Jn
19,25); María, Madre de Jesús (Jn 19,25)
Preguntas para la reconstrucción del texto:
1. ¿Quién le hace una invitación a Jesús?
2. ¿Quién se entera de que Jesús está en la casa del fariseo y que sucede?
3. ¿Cuáles son los pensamientos que el fariseo tiene en esos momentos?
4. Jesús sabe cuáles son los cuestionamientos que Simón el fariseo tiene en mente, ¿Ante
eso que le contesta Jesús?
5. ¿Qué le dice Jesús a esta pecadora?
6. ¿Qué empezaron a decirse los invitados?
7. Cuándo Jesús siguió el recorrido en otras ciudades, ¿Quiénes los acompañaban?
MEDITACION: ¿Qué me dice a mí el texto?
Este texto, texto nos lleva a tomar en cuenta, el amor, el perdón y la comunidad.
1. Eres un hijo de Dios ¿Te atreves a buscar a Jesús y confesarle tus pecados?
2. Eres un hijo de Dios ¿Te atreves a buscar a Jesús y confesarle todo tu amor?
3. Eres un hijo de Dios ¿Te atreves a buscar a Jesús y confesarle que necesitas de su
perdón?
4. Cuando ves a alguien (en casa, en la parroquia, en la escuela, en el trabajo) con una
necesidad grande de sacar o decir sus pecados y obtener el perdón y amor de Dios. ¿Qué
haces? ¿Lo acoges, lo ayudas, lo animas?
5. Eres de la personas que enjuicia a cualquier pecador o de las que busca acércala a Dios?
6. ¿Crees en el verdadero perdón y amor de Dios? ¿Cuándo ha pasado?
7. ¿Te gusta compartir o vivir en comunidad así como Dios nos lo ha enseñando?
ORACION: ¿Qué le digo yo al Señor?
Esta bella cita nos lleva a orar por el perdón, amor y la comunidad
Y podemos hacer nuestro el 1 Corintios 13, 1-13:
13,1: Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como
una campana que resuena o un platillo estruendoso.
13,2: Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque
tuviera una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada.
13,3: Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada
me sirve.
13,4: El amor es paciente, es servicial, [el amor] no es envidioso ni busca aparentar, no es orgulloso ni
actúa con bajeza, 13,5: no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona,
13,6: nunca se alegra de la injusticia, y siempre se alegra de la verdad. 13,7: Todo lo aguanta, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo soporta.
13,8: El amor nunca terminará. Las profecías serán eliminadas, el don de lenguas terminará, el
conocimiento será eliminado. 13,9: Porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías limitadas.
13,10: Cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto será eliminado.
13,11: Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme
adulto, abandoné las cosas de niño.
13,12: Ahora vemos como en un mal espejo, confusamente, después veremos cara a cara. Ahora
conozco a medias, después conoceré tan bien como Dios me conoce a mí. 13,13: Ahora nos quedan tres
cosas: la fe, la esperanza, el amor. Pero la más grande de todas es el amor.
CONTEMPLACION: ¿Cómo interiorizo el texto?
Contemplar es ir adentrándose en el misterio, es ir dejando en nuestro corazón, en nuestra mente una
sola frase que nos haga recordar la Palabra del Señor. Por ello repitamos varias veces hasta que quede
en nuestra vida estas frases:
“ Seré el mejor del mundo, pero si no tengo amor, no tengo nada ”
Lo más grande que Dios nos ha dejado es: El amor
Y repetirlo varias veces
ACCION: ¿A qué me comprometo?
Para el momento de la acción nos proponemos hacer vivo el evangelio, la palabra del Señor y así
cumplamos con el mandato que nos dejo, vayan por todos lados y llevan la buena nueva.
En primer lugar, dentro del núcleo de nuestra familia, amigos y nosotros mismo, tengamos la convicción
de que “ Dios nos ama “, no importa el pasado, no importa que, el siempre está ahí para acogernos.EN
6

También busquemos en la parroquia, o un ambiente que tú consideras que nuestros hermanos deben
escuchar la palabra de Dios, dibújales a Jesucristo con un corazón o llévales una imagen del Sagrado
Corazón de Jesús y explícales esta lectio divina.

martes, 4 de junio de 2013

10mo. Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

LECTIO DIVINA


PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 17, 17-24
SALMO RESPONSORIAL: Salmo 29, 1-6
SEGUNDA LECTURA: Gálatas 1, 11-19


TEXTO BIBLICO: Lucas 7, 11-17
«¡Joven a ti te lo digo, levántate!»
7,11: A continuación se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de un gran
gentío. 7,12: Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una
viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. 7,13: Al verla, el Señor sintió compasión y le
dijo:
—No llores.
7,14: Se acercó, tocó el féretro, y los portadores se detuvieron.
Entonces dijo:
—Muchacho, yo te lo ordeno, levántate.
7,15: El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
7,16: Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo:
—Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo. 7,17: La noticia de lo
que había hecho se divulgó por toda la región y por Judea.
 ¿Qué dice el texto?
De cafarnaún al pueblo de Naín. Antes fue a un militar extranjero, ahora una viuda. Si el milagro
precedente evoca la curación de un general sirio realizada por Eliseo (2 Re 5), éste recuerda la
resurrección del hijo de la viuda de Sarepta por Elías (1 Re 17): Jesús ya se había referido en la
predicación de Nazaret a estos hechos bíblicos (4, 25-27).
2
Lucas con sus descripciones lógicas y con un buen sentido para un mejor entendimiento de las
escrituras, nos deja ver en este texto 4 aspectos importantes a identificar para comprender este
texto:
Lc 7,11-12: El encuentro de las dos procesiones. Con pocas palabras es capaz de explicarnos el
encuentro de dos procesiones: la procesión de la muerte que sale de la ciudad y acompaña a la
viuda que lleva su hijo único hacia el cementerio; y la procesión de la vida que entra en la ciudad
y acompaña a Jesús. Las dos se encuentran en la pequeña plaza junto a la puerta de la ciudad de
Naín.
Lc 7,13: Entra en acción la compasión. Es la compasión que mueve a Jesús a hablar y a actuar.
Compasión significa literalmente “sufrir con”, asumir el dolor de la otra persona, identificarse
con ella, sentir con ella el dolor. Es la compasión que pone en acción en Jesús el poder, el poder
de la vida sobre la muerte, el poder creador. Jesús no espera que esta mujer o alguien más de los
que lo siguen, le pidan un milagro, una intercesión, como en el caso del centurión (4s); Jesús
actúa con prontitud y naturalidad, primero consolando: «no llores» (13), luego restituyendo la
vida del hijo de la viuda, en un sentido más amplio, restituyendo a la mujer el sentido de su vida
Lc 7,14-15: "Joven, yo te lo ordeno: ¡levántate!”. A veces, en situaciones de gran dolor
causado por la muerte de un ser querido, la gente dice: “En el tiempo de Jesús, cuando Jesús
vivía en esta tierra, había esperanza de no perder a una persona querida porque Jesús podía
resucitarla.” Estas personas consideran el episodio de la resurrección del hijo de la viuda de Naín
como un suceso del pasado que suscita nostalgia y también cierta envidia. La intención del
evangelio no es, sin embargo, la de suscitar nostalgia o envidia, sino que nos ayude a
experimentar mejor la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Es el mismo Jesús, capaz de
vencer la muerte y el dolor de la muerte, que continúa estando vivo en medio de nosotros. Él
sigue estando con nosotros hoy y, ante los problemas del dolor que nos matan, nos dice: “A tí te
digo: levántate.” La presencia de Jesús y su palabra no sólo es purificadora, sino que restituye la
vida.
Lc 7,16-17: La repercusión. El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la
Judea y en toda la región vecina.”
“Es el profeta anunciado por Moisés” ( Dt 18,15). El Dios que viene a visitarnos es el “Padre de
los huérfanos y protector de las viudas” ( Sal 68,6; cfr. Jdt 9,11)
Preguntas para recordar la Lectura:
1. ¿De dónde viene Jesús y a que ciudad llega?
2. ¿Cuáles son los aspectos a identificar para entender este texto?
3. ¿Cuáles son las 2 procesiones que Lucas desea que nosotros comprendamos en este
texto?
4. ¿Cuál es la compasión que pone a Jesús en acción?
5. "Joven, yo te lo ordeno: ¡levántate!”. En este sentido, ¿Cuál es la verdadera intención del
evangelio?
6. ¿Qué es lo que el profeta Moisés anunció?
MEDITACION: ¿Qué me dice a mí el texto?
Este texto, nos centra principalmente en la vida y los diferentes caminos y puertas que en ella
encontramos
1. En mis momentos de meditación, ¿He reflexionado entre el camino de la muerte y el
camino de la vida?
2. ¿Qué tanto es mi deseo de ir en la procesión de la vida que Jesús nos ofrece?
3. Ante el sufrimiento y dolor de los demás, ¿Qué tan compasivo soy con ellos? ¿Soy capaz
de acercarme a ellos como lo hizo Jesús y darles una esperanza de vida?, ¿Les pongo en
medio de su sufrimiento y dolor, la presencia viva de Jesús?
4. ¿Cuál es mi actitud ante las experiencias difíciles de dolor que sufro? ¿Qué le aporta mi
cristianismo al sufrimiento?
5. ¿He experimentado o sentido la presencia de Jesús y su palabra que no sólo es
purificadora, sino que restituye la vida? ¿Cuándo?
6. ¿Soy como el profeta Moisés que anuncia a Jesús?
7. Entiendo que al igual que al joven muerto, Jesús vuelve a dirigirse a mí para decirme por
mi propio nombre: “¡…. A ti te ordeno, levántate!
ORACION: ¿Qué le digo yo al Señor?
Este texto nos lleva sin duda alguna a orar por la vida y la compasión del Señor. Podríamos dirigirnos al
Señor dándole gracias..
Y podemos hacer nuestro el Salmo 68 (5-9):
68,5: Canten a Dios, toquen en su honor, ensalcen al jinete de las nubes; su Nombre es el Señor, salten
de gozo ante él.
68,6: Padre de huérfanos, protector de viudas ése es Dios desde su santa morada.
68,7: Dios da un hogar a los que están solos, libera de la prisión a los cautivos; mas los rebeldes se
quedan en el yermo.
68,8: Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo, cuando avanzabas por el desierto,
68,9: la tierra tembló, los cielos se licuaron, ante Dios, el Dios del Sinaí, ante de Dios, el Dios de Israel.
CONTEMPLACION: ¿Cómo interiorizo el texto?
Contemplar es ir adentrándose en el misterio, es ir dejando en nuestro corazón, en nuestra mente una
sola frase que nos haga recordar la Palabra del Señor. Por ello repitamos varias veces hasta que quede
en nuestra vida estas frases:
" La presencia de Jesús y su palabra, me purifica y me restituye la vida.”
Y repetir con nuestro propio nombre: “¡…. A ti te lo ordeno, levántate!
ACCION: ¿A qué me comprometo?
Para el momento de la acción nos proponemos hacer vivo el evangelio, la palabra del Señor y así
cumplamos con el mandato que nos dejo, vayan por todos lados y llevan la buena nueva.
En primer lugar, dentro del núcleo de nuestra familia y nosotros mismo, entendamos los sufrimientos y
dolores por los que estamos pasando, no importa si son grandes o pequeños, y pidámosle en oración
que nos dé esperanza de vida y quedemos alegres por que el Señor está con nosotros.
También busquemos en la parroquia, en un asilo de ancianos, en una casa de huérfanos, en el hospital u
otro lugar que tú consideres, a personas que veamos que necesitan de nuestro aliento de esperanza,
que necesitan escuchar que Jesús está con ellos. Intentemos hacer con nuestro grupo esta acción.

miércoles, 1 de mayo de 2013

6to. Domingo de Pascua Ciclo C TEXTO BIBLICO: Juan 14, 23-29


LECTIO DIVINA



PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles 15,12.22-29
SALMO RESPONSORIAL: Salmo 66, 2-8
SEGUNDA LECTURA: Apocalipsis 21, 10-14.22-23


TEXTO BIBLICO: Juan 14, 23-29
Amor y fidelidad a Jesús
14,23: Jesús le contestó:
—Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él.
14,24: Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del
Padre que me envió.
14,25: Les he dicho esto mientras estoy con ustedes. 14,26: El Defensor, el Espíritu Santo que enviará el
Padre en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que [yo] les he dicho.
14,27: La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo. No se inquieten ni se acobarden.
14,28: Oyeron que les dije que me voy y volveré a visitarlos. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al
Padre, porque el Padre es más que yo. 14,29: Les he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que
cuando suceda, crean.
BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO
LECTURA: ¿Qué dice el texto?
Seguimos en el gran discurso de despedida iniciado el Domingo pasado, según leíamos en Jn 13,31-35. Es
decir, el contexto sigue siendo el adiós de Jesús.
El texto de este sexto Domingo de Pascua, busca responder la pregunta que “Judas, no el Iscariote” le
acababa de hacer a Jesús: “Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (v.22). Este
Apóstol, ignorado en la lista de los apóstoles que se encuentran en los evangelios de Mc (3,16-19) y Mt
(10,2-4), bien podría ser el que figura en Lc 6,16 y en Hch 1,13 como “Judas [hijo] de Santiago”. Según
parece, no habría comprendido lo que Jesús había afirmado -y volverá a repetir en el pasaje de hoy- en el
v.21: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado
por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”. Quizás Judas pensaría que Jesús estaba hablando de futuras apariciones sensibles del Resucitado y le estaría cuestionando, podríamos decir, la discriminación
obrada por el Maestro de manifestarse sólo a ellos y no al resto de personas de aquel momento histórico.
Se estaría haciendo eco, tal vez, de quienes objetaban esta misma exclusión. En definitiva, ¿por qué se
aparecía solamente a los discípulos y no a todo el mundo?
La respuesta de Jesús, retomando conceptos ya expuestos antes, deja bien claro quienes son los
destinatarios de sus próximas “manifestaciones”. La manifestación de Jesús resucitado se dará a quienes
lo amen y sean fieles a su Palabra. A quienes quieran elegir a Jesús. Es decir, al dirigirse al “que me
ama” se amplía totalmente el espectro de lo que estaría pensando Judas. No se trata ya de aquellos
elegidos gratuitamente por el Señor (“llamó a los que él quiso”) y “vinieron donde él… para que
estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13-14) sino de los que quieran “amar a Jesús”
viviendo sus enseñanzas y adhiriendo a sus palabras, que no son otras que las del Padre: “La palabra que
ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió” (v.24b). Jesús se manifestará en el ámbito del
amor -ahora es Él quien quiere ser elegido- a aquellos que opten por amarlo viviendo la Palabra que el
Padre anunció por su intermedio y que todos oyeron.
El lector (u oyente) de Jn ya conoce la expresión que explicita este modo de amor que Jesús pretende: el
que dice que lo ama debe ser fiel a su palabra. “Guardar (o ser fiel a) la Palabra”, tal como ya había
explicado Jesús (Jn 8,51-55) y lo repetirá más adelante (Jn 15,20; 17,6) significa aceptar la revelación del
Padre que se da en Jesús. Contrariamente al “que no me ama no es fiel a mis palabras” (v.24a), los que
son fieles a su Palabra son los que viven la fe y la expresan amando a la manera como ama Jesús. Pues el
modo como ama Jesús revela el modo como ama el Padre. Amar a Jesús significa hacer lo mismo que ha
hecho Él: no claudicar frente al dolor, ponerse a los pies de los hermanos, responder a sus necesidades
vitales, compadecerse del que está caído, dar de comer al hambriento, visitar al enfermo, consolar al
triste, hacer fiesta por un pecador que se arrepiente, perdonar “setenta veces siete”… La comunidad o el
“mundo” se distinguen por la presencia (o ausencia) del amor, es decir, por la comunión de vida (o no)
con el Padre y el Hijo.
A continuación, vienen una serie de por lo menos ocho promesas increíbles cuyo fundamento casi único
es esta opción de “amar a Jesús y ser fiel a su Palabra”. La forma futura de los verbos concuerda con la
presencia de Jesús todavía en la historia. Al despedirse de sus Discípulos, aún no está glorificado. Los
está advirtiendo, antes de dejarlos físicamente y volver al Padre: “Yo les digo estas cosas mientras
permanezco con ustedes” (v.25), de lo que va a suceder después de su Muerte y Resurrección. Todas
estas promesas se realizarán después de su “vuelta al Padre”.
1º Promesa: “Mi Padre lo amará” (v.23)
Quien libremente elija amar a Jesús y guardar su Palabra, antes que nada, será destinatario del amor del
Padre. Dios lleva a su cumplimiento, ahora en forma personalizada, aquel amor primero y fundamental:
“Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único…” (3,16). Lo que en este texto era gracias a la
fe, ahora se concreta gracias al amor y la fidelidad a la Palabra de Jesús. Así lo acababa de decir un
momento antes de que Judas le preguntara: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que
me ama; y el que me ama será amado por mi Padre…” (14,21). El amor del Padre no tiene lugar mejor
que en un corazón humano enamorado y fiel a Jesús. En palabras de Jesús, dirá más adelante Jn: “él (el
Padre) mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios” (16,27).
2º Promesa: “Iremos a él” (v.23)
Esta promesa parece invertir el movimiento esbozado en 14,2-3 de los discípulos llevados por Jesús hacia
el Padre: “en la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones… y cuando haya ido y les haya preparado un
lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo…”. Ahora, es el Padre el que viene junto con Jesús al
discípulo amante y fiel. Queda superada la separación entre el hombre y Dios, y la búsqueda de la que
hablaba Jesús en 13,33 “ustedes me buscarán” se ve colmada por el mismo Padre. Lo increíble es que la
presencia de Jesús resucitado en el creyente que ame y sea fiel llevará también consigo la presencia del
Padre.
3º Promesa: “Habitaremos en él” (v.23)
El amor del que ama y es fiel a Jesús no sólo atrae al Padre y al Hijo “iremos a él”, sino que los hace
quedar. Estamos frente a un verbo muy querido y típico del Cuarto evangelio: el “permanecer” o “hacer
morada” se repite muchísimas veces.
Hay casos en los que el “permanecer” se refiere al Padre: “el Padre que permanece en mí es el que
realiza las obras” (Jn 14,10-11), lo cual significa la reciprocidad de presencia entre Dios Padre y Jesús,
por la unión o unidad operativa de las acciones. Pero más específicamente en relación al amor, como en
este caso que estamos leyendo hoy, lo afirma la primera carta de Juan: “quien guarda sus mandamientos
permanece en Dios y Dios permanece en él” (1Jn 3,24) o “a Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos
unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud... Quien confiese
que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios... Dios es Amor y quien permanece en el
amor permanece en Dios y Dios permanece en él” (1Jn 4,12-16). Las condiciones para la habitación de
Dios en los creyentes, entonces, son la profesión de fe en Jesucristo y la caridad recíproca.
Pero también hay otros casos en los que el “permanecer” se refiere al Hijo, primero físicamente como
cuando dice: “llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que permaneciera con ellos. Y se quedó allí
dos días” (Jn 4,40) o “Y habiéndoles dicho esto permaneció en Galilea” (7,9) o “se quedó allí con sus
discípulos” (11,54) que es el sentido del v.25 del texto de hoy: “Yo les digo estas cosas mientras
permanezco con ustedes”. Sin embargo, hay otro sentido mucho más trascendente y espiritual que es el
que aparecen, por ejemplo, en 6,56: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo
permanezco en Él” o en 15,4-7: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el
sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid; tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy
la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo permanezco en él, da mucho fruto, porque
separados de mí nada pueden hacer... Si ustedes permanecen en mí, y mis palabras permanecen en
ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán”. La permanencia de Jesús puede indicar proximidad local o
cuando es atribuido a valores y bienes salvíficos, significar la relación recíproca de Jesús con sus
Discípulos, en relación con la vida eucarística, la permanencia en su Palabra o la caridad que da fruto.
En este caso, para los que aman a Jesús y guardan fielmente su Palabra (que en definitiva es la del Padre)
se les promete la permanencia de ambos: la del Padre y la del Hijo glorificado.
4º Promesa: “El Padre enviará en mi Nombre al Paráclito, al Espíritu Santo” (v.26)
Para los creyentes, después de la glorificación de Jesús, comienza el “tiempo del Espíritu”. Al llegar a los
discursos de despedida, nos encontramos con una amplia presentación de la figura del Espíritu Santo y,
solamente en esta parte del Cuarto evangelio, bajo el título de “Paráclito”. Hay cinco fragmentos en estos
discursos donde se habla del Espíritu Paráclito: uno anterior al texto de hoy (14,15-17) y tres posteriores
(15,26-27; 16,7-10 y 16,13-15).
La palabra griega parákletos, derivada del verbo compuesto por la preposición “pará” (“junto a” o “al
lado de”) y la raíz verbal “kaléō” (“llamar”), quiere decir “el que es llamado para estar junto o al lado
de”. Esta es la primera misión, dada ya desde su mismo nombre, de lo que implicaría el Espíritu para “el
que ame a Jesús y guarde su Palabra”. El uso corriente del término fue utilizado para designar al que
asistía aconsejando o ayudando en cuestiones legales. Sería el "intercesor", el "representante" o el
"ayudante"; los Padres lo tradujeron con el latino “advocatus” (“abogado”). Su aplicación al Espíritu
Santo es propia del evangelista Juan, sólo en los discursos de despedida, y sin ningún antecedente en el
Antiguo Testamento ni en la literatura del judaísmo helenista. Juan presenta al Paráclito como el Espíritu
Santo en un cometido especial, concretamente, como la presencia personal de Jesús junto a los cristianos.
Mientras Jesús permanece junto al Padre, en su Nombre (sería “en lugar de” Jesús), el Espíritu permanece
junto al que ama a Jesús.
Antes de volver al Padre, Jesús promete a la comunidad no dejarlos huérfanos (14,18) y rogar al Padre
para que envíe a Alguien que estuviera junto a ellos para siempre: “Yo rogaré al Padre, y él les dará otro
Paráclito para que esté siempre con ustedes” (14,16). Después de su retorno al Padre, Jesús asegura que el
Padre “enviará en su Nombre” otro Paráclito, porque Jesús fue el primero. Notemos, pues, que casi todo
lo que se dice del Paráclito, en otros pasajes de Juan, se aplica explícita o implícitamente a Jesús. Como el
Paráclito, también Jesús vino al mundo (5,43; 16,28; 18,37). El Paráclito procede del Padre (15,26), Jesús
salió del Padre (7,29). El Padre dará el Paráclito (14,16), el Hijo fue dado por el Padre (3,16). El Padre
envía al Paráclito, el Hijo fue enviado por el Padre (3,17). El Paráclito es enviado en nombre de Jesús,
Jesús fue enviado en nombre del Padre (5,43). Habiendo venido en nombre del Padre, Jesús no habló “por
sí mismo” (14,10.24) sino según la enseñanza recibida del Padre; a su vez, el Paráclito no transmite una
doctrina que le es propia, sino la que oye de Jesús. Por eso la función iluminadora del Paráclito se basa en
su envío por el Padre en nombre de Jesús. Este “envío” del Espíritu se indica con el mismo verbo del
“envío” referido al Hijo (v.24).
5º Promesa: “El Paráclito, el Espíritu Santo les enseñará todo” (v.26)
Al acercarse la hora de la Pasión, Jesús ya no hablará mucho más con sus discípulos. Pero la comunidad
no queda librada a la fuerza de su propia memoria para recordar lo dicho y hecho por Jesús. El Paráclito
tiene una función didáctica ilimitada: Él mantendrá vivas las palabras, gestos y acciones de Jesús en la
comunidad, primero enseñando y luego recordando.
Durante el tiempo que permaneció con sus discípulos, Jesús les enseñó muchas cosas, pero su revelación
no pudo ser captada en toda su profundidad: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no
las pueden comprender ahora” (Jn 16,12). Para que pudieran penetrar en el sentido de las palabras de
Jesús sería necesaria la actividad docente del Paráclito.
En el evangelio de Jn “enseñar” designa la acción por la que Dios se revela o Jesús proclama la revelación
en lugares sagrados. Por esta razón, la enseñanza es presentada como una obra divina, y es realizada sólo
por sujetos “divinos”: el Padre (8,28), Jesucristo (6,59; 7,14.28; 8,20) y el Paráclito. Nunca se dice que
otros sujetos “enseñen”, como tampoco que Jesús enseñe en un lugar que no sea la Sinagoga o el Templo:
“Cuando el Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza, Jesús le
respondió: «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se
reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto»” (18,19-20).
6º Promesa: “El Paráclito, el Espíritu Santo les recordará lo que les he dicho” (v.26)
Por otro lado, la función de “recordar” implica mucho más que un simple volver a la memoria. Indica una
reflexión, una comprensión más profunda o una toma de conciencia de su significado más pleno. Los
discípulos, antes de la glorificación de Jesús, no habían entendido el sentido de las palabras y los gestos
de Jesús, ni de su relación con las Sagradas Escrituras: “cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron
que él había dicho esto (se refería al Templo de su Cuerpo), y creyeron en la Escritura y en la palabra que
había pronunciado” (2,22). “Al comienzo, sus discípulos no comprendieron. Pero cuando Jesús fue
glorificado, recordaron que todo lo que le había sucedido era lo que estaba escrito acerca de él” (12,16).
Será tarea del Paráclito hacerles recordar y comprender todas estas cosas, de modo pleno.
Por lo tanto, la enseñanza del Paráclito, ligada a la función de recordar, no constituye una nueva
revelación, sino una profundización en “todo” lo que Jesús ha dicho y ha hecho para revelar al Padre, y
que en su tiempo, los discípulos no entendieron suficientemente. El Paráclito estaría garantizando la
continuidad por una parte, entre lo que Jesús realizó y fue proclamado por los primeros discípulos, y por
la otra entre lo que alcanza a comprender la comunidad del Cuarto Evangelio y nosotros. Así, estas
promesas del Paráclito abren, también, nuevas perspectivas para la comunidad cristiana de los siglos
posteriores. La revelación del Padre realizada por Cristo no está destinada a ser repetida mecánicamente y
de la misma forma todos los días hasta el fin del mundo; sino que debe ir profundizándose y aclarándose a
medida que el Paráclito permite contemplarla bajo nuevas luces y en circunstancias diversas. Para llegar a
una mayor penetración del misterio, el Paráclito ayudará a ver el alcance que tienen las enseñanzas del
Señor en las situaciones que se vayan presentando en el futuro.
7º Promesa: “Les dejo la paz, les doy mi paz” (v.27)
Las primeras palabras de Jesús Resucitado a sus discípulos fueron: “La paz esté con ustedes” (Jn
20,19.21.26). No es sólo un saludo y ni siquiera un sencillo deseo: es un don que les deja como herencia.
Él está donando su propia paz como fruto de su Pascua. Se trata del don precioso que Cristo ofrece a sus
discípulos después de haber pasado a través de la muerte y de los infiernos. Después de resucitar, tal
como lo había prometido en el texto de hoy, comparte una paz que no es cualquier paz sino la del
Resucitado: “Les dejo la paz, les doy mi paz”. El Hijo dispone de la paz que, según la Biblia, sólo Dios
puede conceder (cfr. Lev 26,6; Sal 29,11b; Is 66,12; Jr 33,9).
En el mensaje del Papa Francisco del Domingo de la Divina Misericordia decía: “Esta paz es el fruto de
la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es precisamente así: la verdadera paz,
esa paz profunda, viene de hacer la experiencia de la misericordia de Dios”.
Esta paz pascual será, entonces, la que hace posible vivir aquella bienaventuranza que el mismo Jesús
había anunciado: “Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5,9). No se
puede ser constructores de paz sin antes recibirla como don del Resucitado. “Su paz” es la que nos
habilita a construir la paz. Vivir la fe conlleva una clara y decidida opción por la paz. No se puede decir
“soy discípulo/a de Jesús” e ir regando amenazas de guerra y violencia con palabras, con gestos, con
miradas o con acciones por todas partes.
La paz de Cristo “en nosotros” no es ausencia de problemas, serenidad en la vida, ni sinónimo de
prosperidad...Ella es plenitud de todo bien y, ante todo, ausencia de temor frente a lo que puede venir:
“¡No se inquieten ni teman!”. Jesús, como lo hiciera Moisés a Josué ante la tarea que le aguardaba: “no
temas, no te asustes” (Dt 31,8), intenta exorcizar el miedo de los Discípulos. El Señor no nos asegura el
bienestar, sino la plenitud de la filiación en una adhesión amorosa a sus proyectos de bien por nosotros.
Había que llevar la obra del Hijo en medio del mundo. La paz la poseerán quienes hayan aprendido a
fiarse de lo que el Padre elige para cada uno, sin miedos.
8º Promesa: “Volveré a ustedes” (v.28)
No es la primera vez que Jesús hace esta promesa: “Me han oído decir”. Acababa de decir: “No los
dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (14,18), como antes había afirmado a propósito de irse a preparar las
“muchas habitaciones” o modos de relacionarse íntimamente con el Padre: “Y cuando haya ido y les haya
preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también
ustedes” (14,3).
Sin embargo, junto a esta promesa de volver, Jesús insiste -como al principio de este texto- pero ahora
con cierto tono de reclamo, sobre el amor. “Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al
Padre”. El amor debe traducirse en gozo. La Pascua de Jesús significa la salvación plena de Dios para el
que la quiera recibir. Si comprendieran que la Pascua conduce a una más profunda y más intensa forma de
presencia de Jesús en la vida personal y comunitaria, surgiría un gozo pleno. Gozo, además, con Él
porque va a ser glorificado y porque vuelve al Padre, el “Dios de su alegría” (Sal 43,4). Parece decirles
que no lo están amando bien. Podríamos completar la frase y parafrasearla así: “Si me amaran, se
alegrarían de que me vuelva junto al Padre, pero como solamente piensan en ustedes, están tristes de que
me vaya”. El amor de los discípulos todavía es un amor mezclado de egoísmos. No aman a Jesús como
Jesús les enseñó a amar; no piensan en Él sino en ellos mismos. Éste es el amor que Jesús nos pide: un
amor capaz de alegrase con la alegría del otro. Un amor capaz de no pensar en sí mismo como el centro
de todo, sino como el buen pastor que es capaz de dar la vida por sus ovejas. Jesús nos invita a salir de
nosotros mismos y a abrirnos a dar, más que a recibir: no se trata de un intercambio, sino del efecto de un
don compartido.
La afirmación de que “el Padre es más grande que yo” debe entenderse en este contexto de que Jesús
va al Padre para ser glorificado. El Padre es mayor porque es el que envía y glorifica a Jesús. Esta
glorificación debía ser la causa de alegría para los discípulos, porque también ellos serán partícipes de la
gloria de Jesús (17,22). Cuando suceda la glorificación de Jesús, ellos no estarán desprevenidos: se las ha
ido anunciando durante todo este largo discurso: “Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando
se cumpla, ustedes crean” (v.29). Jesús conoce las cosas futuras porque es Dios: “Les digo esto desde
ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy” (13,19). Dios es el único que puede
anunciar con anticipación los hechos salvíficos que después se cumplen (cfr. Is 41,22-23) con una sola
finalidad: fundar la fe. Todas estas promesas deben ayudarlos en su fe: todo lo dicho con anticipación es
para fortalecerles la fe.
MEDITACION: ¿Qué me dice a mí el texto?
El Espíritu Santo “les recordará lo que les he dicho”. El tema de la memoria, Juan lo toma del Antiguo
Testamento, en particular del Deuteronomio. Allí se trataba de recordar las gestas de Dios: las hazañas del
Éxodo, la Alianza… ¿A la luz de la Pascua, cuáles son los recuerdos que te trae el Espíritu a tu memoria
de la acción de Dios en tu vida o en la de tu comunidad?
“Paz” no significa sólo ausencia de conflictos o tranquilidad del alma, sino también salud, prosperidad y
dicha en plenitud. ¿Qué sentido tiene para vos la promesa de Jesús: “les dejo la paz, les doy mi paz”?
Jesús era el punto de referencia de la vida de los Discípulos, por eso temían que su vuelta al Padre
implicara verse desprotegidos y sin orientación. ¿Qué te sugiere la frase que él desdijo en aquel momento
a los Discípulos temerosos: “no se inquieten ni teman”? ¿Cuáles son tus temores, hoy?
¿En qué debe consistir la alegría pascual? ¿Cómo estoy viviendo el tiempo pascual este año?
¿En qué notas que está flaqueando tu fe? ¿Te sirve de algo saber que Jesús resucitado te hace todas estas
promesas para fortalecer tu fe personal y comunitaria? Recordar y compartir las promesas.
ORACION: ¿Qué le digo yo al Señor?
A cada intención libre respondemos: “¡danos Señor tu paz!”
CONTEMPLACION: ¿Cómo interiorizo el texto?
Contemplemos con la letra de la canción: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor” de Joaquín
Madurga (Oratorio de San Felipe Neri)
http://www.youtube.com/watch?v=LTx4yrB0dBM
ACCION: ¿A qué me comprometo?
Hacer una lista de por lo menos tres ejemplos de los modos concretos en que podes (personal o
comunitariamente) mejor amar a Jesús y “guardar su Palabra”.

lunes, 22 de abril de 2013

Lectio Divina Dominical – 5to. Domingo de Pascua Ciclo C “Un testamento espiritual” TEXTO BIBLICO: Juan 13, 31-35


“Un testamento espiritual”
María Verónica Talamé
Dra. en Teología Bíblica


TEXTO BIBLICO: Juan 13, 31-35
13,31: Cuando salió, dijo Jesús:
—Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por él. 13,32: [Si Dios ha sido glorificado por él,] también Dios lo glorificará por sí, y lo hará pronto.
13,33: Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes; me buscarán y, como dije a los judíos también lo digo ahora, a donde yo voy ustedes no pueden venir.
13,34: Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. 13,35: En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros.
(BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO)
LECTURA
¿Qué dice el texto?
Estamos frente a un texto breve pero muy denso y de gran importancia. Aquí comienzan los discursos de despedida que se prolongarán hasta el final del capítulo 17. Este género literario “último discurso” es bastante frecuente en la Biblia como asimismo en la literatura extra-bíblica. En los libros más antiguos del AT, el discurso de despedida ya aparece, por ejemplo, cuando Jacob se despide de sus hijos y les da su bendición (Gn 47,29-49,33) o cuando Josué se despide de Israel (Jos 22-24). Bien podríamos sumar la despedida de David (1Cro 28-29), la de Matatías a sus hijos en 1Mac 2,49-68 o la despedida que Tobit dirige en su lecho de muerte a su hijo Tobías (Tob 14,3-11). Pero quizá el ejemplo más importante sea el discurso de despedida que Moisés dirige a Israel en todo el Deuteronomio. En el NT, otro ejemplo del género es el discurso de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hch 20,17-38). La situación común es la de un gran personaje que, en la víspera de su muerte, reúne a los suyos (hijos, discípulos, todo el pueblo) para darle instrucciones que les ayudarán una vez que él haya partido. En el lecho de muerte, el padre, maestro o guía consuela y anima a sus hijos o seguidores, a la vez que los exhorta a conservar la fidelidad a Dios y a las enseñanzas recibidas. El discurso suele terminar con una oración. Esto ocurre, por lo que respecta a este texto de Juan, en el ambiente de una cena de despedida.
“Después que salió (Judas), dice Jesús…” Notemos que cuando Jesús empieza a hablar en forma íntima y confidencial con sus Apóstoles, dándoles las últimas recomendaciones, ahí Judas ya no está. Judas no podría resistir hablar de amor, no estaba en condiciones de recibir semejante testamento espiritual. Quien a esa altura de su vida ya había sido tomado por “la noche” (13,30) de la traición y el odio, tenía que “salir”. La salida de Judas significa la desaparición del único elemento oscuro que quedaba entre los Discípulos. Judas estuvo en todo momento con Jesús. Fue uno de los Doce primeros elegidos, lo acompañó durante su ministerio, escuchó sus enseñanzas y vio los signos que realizó en su vida pública. Estuvo en la cena pascual junto al Maestro de quien también, de rodillas, recibió el lavatorio de los pies… sin embargo, de aquel último diálogo tan trascendental no pudo participar. Hasta pareciera que Jesús esperó a que Judas saliese para compartir las dos ideas más importantes que ocuparían en ese momento su corazón. Ahora la prioridad era dejarle a sus “hijos” su testamento espiritual: el alcance de la Pasión y el alcance del principal de los mandamientos.
A pesar de perecer irreconciliables, es posible rastrear la lógica que une estos argumentos en apariencia dispares. Del triunfo de la Pasión resulta la glorificación de Jesús (vs.31-32), que es la finalidad de «la hora», un tema muy adecuado para iniciar el gran discurso que explica precisamente esa hora. A su vez, la glorificación incluye el retorno al Padre y, en consecuencia, la separación de los discípulos (v.33). Sin embargo, el mandamiento del amor (vs.34-35), medio elegido por Jesús, asegura su permanencia entre ellos.
“Ahora, ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto”.
El “ahora” de este v.31 se refiere a la situación creada por la partida de Judas, que va a reunir la guardia y los soldados que tomarán preso a Jesús y, en su momento, lo conducirán a la muerte. La Pasión ha comenzado, porque Judas, impulsado por Satanás acaba de salir. Pero al iniciar la Pasión, conjuntamente, inicia la glorificación del “Hijo del hombre” (expresión que recalca la humanidad de Jesús). Judas desencadena el proceso pascual e inmediatamente, Jesús aprovecha para dimensionar y explicarles a sus Discípulos el alcance de ese momento, para muchos, último y de fracaso mas para Él de suma gloria. Jesús ya celebra su triunfo como consumado. Dos versículos y en el original griego, cinco repeticiones del verbo “glorificar” que, desde el AT, significa una manifestación visible de la majestad divina en actos de poder. Estas dos exigencias se cumplen en la muerte y resurrección de Jesús, acción de su propio poder (Jn 10,17-18) y, al mismo tiempo, del poder del Padre. Tal como en el Sinaí o en el desierto las teofanías y los prodigios salvadores de Dios manifestaban su gloria, ahora la muerte y resurrección del Hijo, máxima acción salvadora, manifiesta también la gloria del Hijo.
El discurso final empieza con la proclamación de la gloria que va a recibir el Hijo del Hombre. Ante la aparición de unos griegos que querían ver a Jesús (12,20-22), Jesús había dicho: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado” (v.23) y siguió hablando del sentido de la muerte del grano de trigo, del servicio y de la glorificación del Hijo del Hombre (vv.28-29). Por una parte, la llegada de aquellos griegos preludiaba el comienzo de la glorificación, ya que representaban a todos los hombres que se sentirían más tarde atraídos hacia Jesús cuando éste fuera elevado al Padre (12,32). Por otra, la traición de Judas, aceptada por Jesús (13,27), daba comienzo realmente al proceso por el que Jesús pasaría de este mundo al Padre. Estamos en este trance.
La interpretación joánica de la glorificación de Jesús, en cuanto relacionada con el dolor y la muerte, tiene un antecedente en Is 52,13 y es la misma relación entre la gloria y la muerte que aparece en la tradición sinóptica (Mc 10,35), donde Jesús dice a Santiago y a Juan, de manera figurativa, que compartir su gloria sólo es posible a través del dolor y la muerte: “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?” (v.38).
Un dato interesante en la primera parte de este texto que hoy propone la liturgia es la combinación de los tiempos verbales: pasado (v.31: “ha sido glorificado”) y futuro (v.32: “lo glorificará”). Pero esa misma mezcla de tiempos que encontramos acá, ya había aparecido en 12,28: “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. El tiempo pasado se refiere a toda la pasión, muerte, resurrección y ascensión que se producen en “la hora” mientras el futuro se refiere a la gloria que obtendrá el Hijo cuando vuelva junto al Padre. Lo mismo dirá en 17,4-5: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese”. Una vez más Juan nos presenta la Pasión como un paso victorioso o momento de suma gloria. Gloria que ya no se revelará más a través de signos como había aclarado el evangelista después de la multiplicación del vino en 2,11: “Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él”. Ahora en el cuerpo de Cristo glorificado se mostrará la gloria de Dios, y por eso mismo Dios también será glorificado. Estamos frente a una glorificación mutua. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre.
Jesús todavía no ha sido crucificado, todavía no ha muerto pero de hecho ya aceptó libremente su muerte e incluso ya entregó aquello que es prenda de su muerte: su cuerpo y su sangre. Camina hacia la muerte como paso al Padre que es cuando la glorificación quedará completa. Cuando el Hijo resucitado vuelva al seno del Padre, momento definitivo y último del misterio pascual, se dará la glorificación del Padre. La Cruz no es separación ni abandono de parte del Padre, sino todo lo contrario: es la revelación de cuán hondamente Dios está presente en la vida de Jesús. Evento que sucederá pronto. Esta parte termina diciendo “y lo glorificará pronto” (v.32).
Luego de estas palabras complejas, pero llenas de triunfo y luminosidad, más bien referentes a las consecuencias pascuales intra-trinitarias, Jesús hace tomar conciencia a sus oyentes de las consecuencias terrenas o visibles de su partida al Padre: “Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: «A donde yo voy, ustedes no pueden venir»”.
La expresión afectuosa, literalmente en griego es el diminutivo “hijitos” míos resulta especialmente apropiada en el contexto de la Última Cena entendida como una comida pascual, pues los pequeños grupos que se reunían para la cena se comportaban como si formaran familias, y uno de cada grupo debía actuar como un padre que explica a sus hijos el significado de cuanto estaba ocurriendo. La designación encaja asimismo en el discurso final si lo entendemos como una despedida, pues en este género literario la escena se desarrollaba casi siempre en presencia de un padre, a punto de morir, que instruye a sus hijos.
Después del anuncio de la mutua glorificación, Jesús se dirige a los que estaban allí con el término “hijitos” -frecuente en la 1Jn (2,1.12.28; 3,7.18; 4,4; 5,21) aunque nunca oído en el resto del Evangelio de Juan-, dándole a todo el versículo un tono de ternura increíble. Si bien Jesús había realizado muchos gestos de misericordia y ternura -no solamente con los Doce sino también con todos los que lo rodeaban-, jamás hemos escuchado antes que se dirigiera a ellos en forma tan afectuosa ni con tanto cariño. Lo que les estaba por decir a continuación lo requería: “ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero… «donde yo voy, ustedes no pueden venir»”.
Las resonancias con Jn 7,33-34: “poco tiempo estaré aún con ustedes y me iré a aquel que me envió. Me buscarán y no me encontrarán, porque allí donde yo estoy ustedes no pueden venir»” y Jn 8,21: “Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir” quedan a la vista. En los capítulos 7 y 8 Jesús advertía, como él mismo lo recuerda en esta ocasión, “a los judíos” que no podrían encontrarlo porque no creían en el. Sin embargo, en este pasaje, las mismas palabras dichas a los discípulos sirven de preparación para su partida y retorno. Los discípulos no pueden ir al lugar al que va Jesús, pero posteriormente Jesús y el Padre vendrán a ellos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (14,23). El Señor habla de un irse, de una partida, pero no es una partida total ni definitiva, es una partida para volver. Parte pero volverá.
Los discípulos no lo seguirán de forma inmediata por este camino que conduce a la gloria, pero lo harán más tarde. Se lo dijo explícitamente a Pedro: “Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás”. Estamos ante el final de la comunión terrena de Jesús con su comunidad y el comienzo de un nuevo tipo de relación entre el Maestro y sus discípulos. El amor fraterno, como lo dirá a continuación, es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, el distintivo con el que los discípulos serán identificados en cuanto tales.
“Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.
Jesús “da” el mandamiento a sus Discípulos, como quien dona algo muy preciado. No se trata de una orden sino de un compartir aquello que en su vida fue medular: amar. Por definición, el amor no puede ser una orden ni una imposición. El amor es siempre donación libre y gratuita y, por lo tanto, debe ser una elección que, como todos hemos experimentado, sólo así reporta gozo verdadero. Habría que recibirlo de este modo.
En el Evangelio de Juan, el término “mandamiento” aparece ocho veces en boca de Jesús: cuatro referidas al mandamiento que Él recibió del Padre (10,18; 12,49-50; 15,10) y otras cuatro al mandamiento que Él da a los Discípulos (14,15.21; 15,10.12). La síntesis la encontramos en 15,10-14: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. Si Él ha dado la vida por todos, también los seguidores de Jesús deben dar la vida por los hermanos (cfr. 1Jn 3,16). Esto significa que pone en los creyentes el amor que Él recibe del Padre: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (15,9) y los capacita para que amen de la misma forma que Él ama.
He aquí la radical novedad de este mandamiento: la medida del amor al prójimo ya no es más uno mismo sino el modo del amor de Cristo por cada uno. En los evangelios sinópticos (Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27) como en las cartas de Pablo (Rom 13,9; Gal 5,14), el amor fraterno mantiene la antigua fórmula de Lev 19,18b “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es decir, se medía con el sano amor propio. Según san Juan, Jesús está proponiendo un gran salto cualitativo.
Estas son las palabras de san Agustín al comentar el trozo del Cuarto Evangelio que estamos leyendo: “El Señor Jesús afirma que le da un nuevo mandamiento a sus discípulos, esto es, que se amen mutuamente…. ¿Pero no existía ya este mandamiento en la antigua ley del Señor que prescribe: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Levítico 19,18)? ¿Por qué razón el Señor llama nuevo a un mandamiento que parece ser tan antiguo? ¿Será que es nuevo porque nos despoja del hombre viejo para revestirnos del nuevo? Sin duda. Hace nuevo a quien lo escucha o, mejor, a quien le obedece. Pero el amor que regenera no es el meramente humano, sino aquel que el Señor caracteriza y cualifica con las palabras: ‘Como yo os amé’ (Juan 13,34). Este es el amor que nos renueva, para que nos hagamos hombres nuevos, herederos de la nueva alianza, cantores de un cántico nuevo”.
Sin embargo, esta no es la única novedad. El comienzo de estas palabras son las mismas referidas en las Cartas de Juan (1Jn 2,7-9; 3,23-24; 4,21; 5,2-3; 2Jn 5), pero el reconocimiento del discipulado por el amor fraterno, también es típico de este trozo. Discipulado y amor fraterno se funden en un mismo aspecto. El amor del Padre y del Hijo en la Cruz capacitan al verdadero discípulo –aquél que ha adherido vitalmente su existencia a la de Jesús- para continuar en el mundo la fuerza del amor extremo del Crucificado-Resucitado. Jesús no se ha limitado a mandar que nos amemos sino que nos ofrece ante todo la experiencia de su propio amor, donándolo a nuestros corazones, creando así entre Él, nosotros y los que nos rodean, un nuevo espacio vital y una nueva dinámica relacional.
Meditación
¿Qué me dice el Señor a mí en el texto?
Jesús, como Buen Pastor, no se guarda nada para sí, sino que da generosamente su propia vida en las manos del Padre y por nosotros. Así se “glorifica” a Dios. No hay otra forma de entrar en una relación filial con el Padre sino a través de un abandono total y de una confianza absoluta. ¿Cuál es tu relación con el Padre? ¿Cómo puedes glorificarlo cada vez mejor?
El “mandamiento nuevo” consiste en amar a la medida de Cristo. ¿Cómo me amó y me ama Jesús? ¿Amamos a nuestros hermanos como Cristo me ama? ¿En qué nos parecemos y qué nos falta para amar como Jesús?
“En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” ¿Qué características debe tener nuestro amor para que sea un verdadero signo de que somos discípulos de Jesús? ¿Qué podemos hacer durante estos días para amar más y mejor a quienes nos rodean?
ORACIÓN
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Agradezcamos al Señor la capacidad que ha puesto en nosotros para amarlo; alabémoslo por la capacidad de poder amar a nuestros hermanos con su amor. Recordemos nombres concretos de personas que nos aman y tengamos presente a las personas que amamos y a las que debiéramos amar más.
Pidamos al Señor que nos perdone aquellas ocasiones en que hemos creído que se puede permanecer en el amor a Dios sin amar a las personas; pero que también nos perdone cuando no hemos dado testimonio de amor fraterno o hemos escandalizado a algún pequeño por nuestro poco amor.
CONTEMPLACIÓN
¿Cómo hago propio en mi vida las enseñanzas del texto?
Se podría cantar el canto: NO HAY MAYOR AMOR – http://www.youtube.com/watch?v=QQV4O7Gohlg
No hay mayor amor que dar la vida.
No hay mayor amor. (bis)
Este es mi cuerpo y mi sangre todo esto es lo que soy;
quedo por siempre entre ustedes aunque parta no me voy.
No temáis, amigos míos si algún tiempo no me ven,
si entre ustedes se quieren me verán a mí también.
El miedo no es sentimiento que abriga el que cree en mí,
recuerden estas palabras: “al mundo yo lo vencí”.
Les enviaré mi Espíritu que consuela en el dolor;
alentará la esperanza, traerá fuego al corazón.
Acción
¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
En este tiempo Pascual, el Señor nos recuerda que estamos en el tiempo de la Iglesia que es el tiempo del amor, es decir, el tiempo de encontrar al Resucitado presente en los hermanos. En esta semana podríamos planear un gesto concreto de caridad hacia alguien cercano que lo necesite (por ejemplo: visitar a un enfermo o a un privado de la libertad, donar mercadería a alguna persona carenciada, ayudar a un orfanato u hogar de ancianos, etc.) y llevarlo a cabo

sábado, 13 de abril de 2013

Lectio Divina – 3er. Domingo de Pascua Ciclo C



“Un desayuno con Jesús resucitado”
María Verónica Talamé
Dra. en Teología Bíblica



TEXTO BIBLICO: Juan 21, 1-19
21,1: Después Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así: 21,2: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.
21,3: Les dice Simón Pedro:
—Voy a pescar.
Le responden:
—Nosotros también vamos.
Salieron, y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada. 21,4: Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.
21,5: Les dice Jesús:
—Muchachos, ¿tienen algo de comer?
Ellos contestaron:
—No.
21,6: Les dijo:
—Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.
Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla.
21,7: El discípulo predilecto de Jesús dice a Pedro:
—Es el Señor.
Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. 21,8: Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros.
21,9: Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan.
21,10: Les dice Jesús:
—Traigan algo de lo que acaban de pescar.
21,11: Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
21,12: Les dice Jesús:
—Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. 21,13: Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado. 21,14: Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos.
21,15: Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?
Él le responde:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis corderos.
21,16: Le pregunta por segunda vez:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?
Él le responde:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis ovejas.
21,17: Por tercera vez le pregunta:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?
Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo:
—Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis ovejas. 21,18: Te lo aseguro, cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te atará y te llevará a donde no quieras.
21,19: Lo decía indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.
Después de hablar así, añadió:
—Sígueme.
(BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO)
LECTURA
¿Qué dice el texto?
Estamos en el último Capítulo de Juan que, como es bien sabido, constituye un agregado posterior al Evangelio que ya había concluido en Jn 20,30-31. Sin embargo, aunque escrito por algún discípulo, con un estilo y vocabulario muy cercano al autor del resto del libro, nos deja una de las perlas más preciosas del Cuarto Evangelio, llena de detalles que nos remiten a no pocos momentos vividos antes.
Con una clásica fórmula de enganche “después de esto”, refiriéndose a la manifestación de Jesús a Tomás, en pocos versos el autor pone en acto personajes, escenario, acciones y símbolos ya usuales para el lector. Todo se dispone al desarrollo de un relato que “sucedió así”. Unos cuantos “discípulos” que “estaban juntos” a los paisajes de las “orillas del mar de Tiberíades” con el plan de “voy a pescar… vamos también nosotros” y dispuestos para “subir a la barca” no hacen sino situarnos frente a personas, paisajes, situaciones y elementos bien conocidos. Un final que más bien parece un volver a empezar. Nos remonta a unos 3 años atrás cuando todo había comenzado. Pero inmediatamente, aunque con una frase corta, se desliza un detalle ya casi olvidado: “pero esa noche no pescaron nada”. Si bien por unos instantes, el lector es remitido con fuerza y claridad a recordar el entusiasmo de Simón Pedro y los hijos de Zebedeo, de los primeros cuatro llamados al discipulado (Mc 1,16-19), esta acotación nos sitúa ante el precedente de desilusión nocturna -previo a la primera pesca milagrosa- cuando el mismo Simón (y quizás su hermano Andrés) también entonces acompañado de los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) confesó a Jesús: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada” (Lc 5,5). Parecen haber olvidado la advertencia de Jesús: “sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Hoy estamos ante un texto pascual, pero con el mismo inicio frustrante de aquella vez. Además, como no podía ser de otra manera, en el mismo contexto del “Mar de Tiberíades” que, como nadie, sabe de redes llenas y a punto de romperse pero también de pescadores desilusionados limpiando redes vacías. La presencia de Tomás, nos remite al episodio apenas acaecido de su conversión y adhesión al Resucitado, como la de Natanael no puede menos que recodarnos a aquel incrédulo de los inicios que, cuando Felipe le dio testimonio de Jesús: “hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret”, Natanael acotó: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?” (Jn 1,45-46). Sin embargo, a este “verdadero israelita y hombre sin doblez” (Jn 1,47), en aquella oportunidad Jesús le hizo la promesa de “ver cosas más grandes” que la de saber su identidad con sólo verlo debajo de una higuera. Todo pareciera haber llegado a su fin pero, a su vez, todo parece volver a empezar y con modos nuevos. El Resucitado les propone experiencias y relaciones distintas, pero también les hace ver cosas más grandes.
La desilusión y frustración de “esa noche” se contrapone a la novedad y posibilidad de recomenzar que brinda el “amanecer”. El texto se encarga de señalarlo, no sólo para indicar el comienzo de una nueva parte en el relato sino la esperanza de una nueva situación. “Aunque los discípulos no sabían” de la presencia del Resucitado, “Jesús estaba en la orilla”. Esta acotación sirve para destacar la necesidad de la fe frente a lo que va a suceder a continuación. Es el mismo antecedente que en Lc 5: no tienen nada para comer porque no habían pescado nada; pero la diferencia radical es que en aquella ocasión sabían que era el Maestro el que les pedía volver a intentarlo y acá el relator se encarga de dejar claro que los discípulos no sabían que era Él. Aunque escuchar el mandato “tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán” seguro les trajo a la memoria la eficacia de aquella orden de Jesús a Pedro: “navega mar adentro, y echen las redes” (Lc 5,4), ahora tienen que hacerlo desde la fe. Y una fe que requiere partir de la propia verdad, tantas veces dolorosa. Sólo habían recibido una pregunta: “muchachos, ¿tienen algo para comer?”. Jesús querría ayudarlos a que tomen conciencia de su vacío y necesidad, pero a los expertos pescadores, dada las circunstancias, seguro les resultó una pregunta molesta. Frente a la dura realidad, la iniciativa fue del Señor. Ellos todavía no sabían cuál era el plan. Sin embargo, el texto parece querer decir algo más.
Por un lado, el relato presenta unos discípulos, reunidos en comunidad, siguiendo las indicaciones de su legítima cabeza “Simón Pedro” y haciendo el oficio que sabían hacer; no obstante, infecundidad: “esa noche no pescaron nada”. Por el otro, Jesús resucitado “en la orilla”. Ellos estaban “juntos”, subidos a la barca, símbolo de la comunidad – iglesia, pero sin Jesús. Se entrevé un cierto desconcierto y como una determinación a volver al oficio del que Jesús los había llamado al principio. Esa decisión de Pedro: “voy a pescar”, trasluce un desconocimiento de cómo sigue la historia del “muerto que vive”, incluso de no saber qué hacer con la comunidad, y hasta quizás un principio de desmembramiento. No dice “vayamos a pescar” ni mucho menos sugiere un discernimiento comunitario. En total, los discípulos son siete: cuatro pertenecen al círculo de los Doce y tres a los “otros”. Estamos ante un número que indica plenitud y totalidad. Estaban todos juntos pero todavía no habían aprendido a relacionarse con el Resucitado. Todos tenían que aprender que el éxito de la misión no depende del esfuerzo humano, sino de la presencia viva del Señor en ella. La potencia de la resurrección de Jesús no había terminado todavía de invadir la vida de los discípulos. La fe es un proceso que si bien tiene asidero en la historia y cuenta con elementos conocidos por la experiencia personal y comunitaria, tiene también mucho de novedad y de sorpresas inimaginables. Tenían que aprender a “ver cosas más grandes”, pero no con los ojos físicos.
En cuanto obedecieron la orden, tal como había sucedido aquella vez, también ahora la red “se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla”. La oscuridad, la soledad, la incapacidad de las fuerzas humanas unidas a la fuerza y vitalidad de la Palabra del Resucitado, revirtió la situación. Y fue “el discípulo al que Jesús amaba” quien dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”. El amado percibe la presencia del Amado y se remite a la autoridad con una exquisita fórmula de fe pascual. Recién ahora se les abrieron los ojos, la mente y el corazón. Como los de Emaús, estaban frente al Resucitado sin reconocerlo. Por el testimonio del discípulo amado, Pedro, reaccionando en primer lugar, creyó y “ciñéndose la túnica que era lo único que llevaba, se tiró al agua”. No aguantó ni los cien metros que faltaban para acercarse al Señor que saltó de la barca y avanzó hacia la orilla nadando. El verbo griego que significa «ceñirse (la ropa)», sólo aparece, dentro del NT, en Juan y puede significar “vestirse”, pero más propiamente quiere decir “recogerse la ropa y sujetarla con un cinturón”, de forma que no estorbe para hacer algún trabajo. En Jn 13,4-5 se utiliza este verbo para describir cómo Jesús “se ciñó” una toalla para utilizarla en el lavatorio de los pies de los discípulos. La prenda de que se habla en este episodio es un blusón, que solía llevarse sobre la ropa interior. En este caso se trataría de un blusón propio de pescadores que llevaría Pedro para resguardarse del frío de la madrugada. El autor quiere dar a entender que Pedro iba desnudo bajo el blusón y que por eso no podía quitárselo antes de echarse al agua. Esto nos da una imagen lógica: vestido únicamente con su blusón de pescador, Pedro se lo sujetó a la cintura para nadar más fácilmente y se tiró al agua.
Luego, uno tras otro, siguiendo la indicación del discípulo amado, el primero en identificar al «Señor», reconocen en la fe a Jesús, que los invita a participar del banquete que él mismo había preparado pero no sin el aporte del fruto de su pesca, símbolo de la misión evangelizadora. La escena vuelve a cambiar, ahora de escenario, y, por lo tanto, bien se puede abrir una nueva sección. Pasamos del lago, en este caso, el lugar donde los discípulos desarrollan su trabajo apostólico, que representaría el ámbito de los asuntos humanos y el ambiente del trabajo evangélico, a la tierra firme. Allí, Jesús está esperando a los discípulos para dar comienzo al primer desayuno pascual en el que todos colaboran con algo. “Al bajar a tierra, vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan”. La mención del fuego podría ir anticipándole al lector algo del episodio siguiente (la triple pregunta de Jesús a Pedro que también en torno al fuego lo negó tres veces), pero sin duda que los signos de pan y pescado, no pueden sino evocar el regalo extraordinario de aquella vez con que Jesús alimentó a más de cinco mil personas. Pero notemos que si bien aquella vez Jesús pidió pan y peces para una vez bendecidos, multiplicarlos y ofrecerlos, ahora quiere unir su pescado y su pan a los peces de los discípulos: “traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”. Los que no tenían nada para comer ahora ponen en común los frutos de lo que el mismo Señor había producido gracias a su Palabra y a la obediencia de todos ellos. Así, la vida y el don del Resucitado se convierten en una sola cosa con la vida y el don de los Discípulos obedientes.
“Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran 153 y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió”. Llegados a la orilla junto a Jesús, Pedro reemprende su servicio de liderar la comunidad, llevando la red llena de peces sin romperla, a tierra. Su carisma de conservar la unidad en la Iglesia queda evidente. A diferencia del relato de Lucas en que “las redes se rompían y las barcas se hundían”, acá la red que no se rompe acentúa la capacidad de la Iglesia “Cuerpo de Cristo Resucitad” para recibir en su seno a todos los hombres, por muy distinta mentalidad y cultura que tengan. No hay excepción. El número de ciento cincuenta y tres peces ha dado origen a diversas interpretaciones. Así, por ejemplo, san Jerónimo en su comentario a Ez 47,6-12 dice que los zoólogos griegos habían clasificado 153 especies de peces. Al poner esta cifra, Juan aludiría simbólicamente a la totalidad y a la diversidad de la pesca de los discípulos, anticipando los resultados de la ilusión cristiana, que habría de llegar a todos los hombres o al menos a hombres de todas clases. Otros, ven un paralelo en la parábola del reino (Mt 13,47), en que la red echada al mar recoge peces «de todas clases». San Agustín nos ofrece el primer ejemplo de una especulación matemática acerca del número 153, que es considerado como la suma total de todos los números del 1 al 17. El simbolismo que puede hallarse en el número 17 varía y puede ser 10 mandamientos más 7 dones del Espíritu o los 9 coros de los ángeles más las 8 bienaventuranzas. Se puede, por tanto, especular con el dato de que 153 es un símbolo numeral de la perfección, simbolismo al que contribuye el hecho de que el 17, su elemento básico, está compuesto de dos números que simbolizan la perfección, el 7 y el 10. El evangelista, con la mención del número perfecto 153 estaría anticipando la plenitud de la Iglesia. Cirilo de Alejandría, propone una interpretación alegórica: divide el número 153 en tres componentes: 100, 50 y 3. El 100 representa la plenitud de los gentiles; el 50, el resto de Israel y el 3, la Santísima Trinidad. Pero el autor joánico difícilmente se referiría a la Trinidad como tal. La gematría cuenta con algunos expositores modernos que insisten en que el 153 representa la suma de los valores numéricos de las letras que componen la expresión hebrea «la Iglesia del amor». En definitiva, hasta hoy no podemos saber exactamente el significado del número 153, pero no nos equivocamos si en líneas de máxima sostenemos que simboliza la universalidad. En la captura realizada por orden de Jesús todo es extraordinario.
Luego, viene la invitación de Jesús: “vengan a comer” e inmediatamente la referencia eucarística: “Jesús se acercó, tomó el pan y se los dio e hizo lo mismo con el pescado”. Cada Eucaristía nos evoca el momento cumbre de la comunidad de fe.
Esta “tercera vez que Jesús resucitado se apareció a los Discípulos” es una invitación dirigida a toda comunidad eclesial para que recupere el sentido de su propia misión, poniendo al Señor, Palabra y Eucaristía, en el centro de su propia vida.
“Después de comer”, la atención queda centrada por completo en la figura de Simón Pedro. El evangelista especifica, con dos pequeños fragmentos, cuál es el papel del Apóstol en la comunidad eclesial: primero está llamado al ministerio de pastorear (vv.15-17) y esa es la manera como el Señor quiere que Pedro lo siga (v.19), pero antes deja claro que su modo de dar testimonio y de dar gloria a Dios será el martirio (v.18). Pedro debe, por su amor a Jesús, entregar la vida. Ya lo había dicho Jesús en Jn 15,13: “No hay amor (agápe) más grande que dar la vida por los amigos”.
Sin embargo, antes de confiarle a Pedro el encargo pastoral de la Iglesia e incluso antes de su martirio, Jesús le pide una confesión de amor “¿Me amas…?” “¿Me amas…?” “¿Me quieres…?” (vv. 15.16.17), tal como fueron las veces que negó su identidad apostólica. Ésta es la condición indispensable para poder ejercer su Pastoreo: confesar su amor al Crucificado ahora Resucitado. El desayuno de Jesús con el pan y los peces nos recuerdan a Jn 6; pero este posterior coloquio íntimo y personal de Jesús con Pedro, tiene reminiscencias de aquella noche de la Pascua, donde Pedro había negado al Señor por tres veces. El perdón a Pedro no es sino otro modo de dar cumplimiento a aquellas palabras de Jesús antes del lavatorio de los pies: “los amó (agapáo) hasta el extremo” (Jn 13,1). El perdón es, pues, la expresión más grande del amor. En la primera pregunta “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”, la comparación “más que estos?” podría interpretarse de dos manera. Para algunos autores, la expresión “más que estos” indicaría el mayor amor de Pedro en relación al resto de los Discípulos que estaban allí alrededor del fuego. Otros, en cambio, suponen la pregunta en relación a la cantidad de peces o frutos que acaban de sacar. Jesús estaría queriendo poner el vínculo amoroso entre ambos por encima de la fecundidad de la misma misión por Él encomendada. Parafraseando, en el primer caso sería: “Pedro, ¿me amas más que lo que me ama Tomás, Natanael, los hijos de Zebedeo y los otros dos discípulos, incluso que el discípulo al que Jesús amaba? Mientras en el segundo caso la pregunta quedaría así: “Pedro, ¿me amas más a mí que a todos estos peces juntos?”.
Sin embargo, más allá del significado de este agregado, lo que sí quiere el evangelista es rehabilitar a Pedro y recuperar su rol en clave de amor, pero no de un amor cualquiera sino de un amor agápe, es decir, de un amor total capaz de dar la vida por el rebaño. Las dos primeras veces, Jesús pregunta con el verbo agapáo (amar) y Pedro responde con el verbo fileo (querer). Sólo en la tercera oportunidad Jesús parece bajar el nivel de exigencia y pregunta si lo quiere con el verbo fileo a lo que Pedro, entristecido, responde afirmativamente. El evangelista no solamente parece querer evidenciar que no es lo mismo amar que querer, o sea, que hay distintos modos de expresar el afecto, sino también parece querer dejar claro que Pedro todavía tenía que seguir creciendo en el modo de amar al Señor. Obviamente, cuando le llegó la hora de morir mártir, ya habría entendido lo que suponía el amor de ágape en cuanto oblación total. Jesús confió a Pedro “Sus” corderos apostando a que “cuando sea viejo” llegaría a esta donación total. Únicamente el que ama con amor agápico puede apacentar el rebaño como el Pastor que dio su vida con un amor así. Le estaba confiando “mis corderos” aún sabiendo que le faltaba madurar, pero sabiendo que esa Roca que Él mismo había elegido, al final, podría responder al amor de Cristo con un amor de ágape como Cristo ama. Esta página tiene una enorme densidad eclesiológica y está penetrada por uno de los temas centrales de todo el Cuarto Evangelio: el amor (ágape) con el que nos amó y nos ama Jesús. Por algo, la última palabra de Jesús a Pedro en este diálogo tan trascendente para el Discípulo es “sígueme”, o sea, “ve tras mis pasos”. ¿No querrá recordarle que a pesar de ser el Pastor tiene que seguir “siguiéndolo” al Resucitado, tiene que seguir caminando y, sobre todo, tiene que seguir creciendo hasta aprender la medida del amor perfecto?
Meditación
¿Qué me dice el Señor a mí en el texto?
“Salieron y subieron a la barca” (v.3). ¿Estoy dispuesto, yo también, a hacer este recorrido de conversión? ¿O prefiero seguir escondido en mí mismo o en mi comunidad, pero lejos de Jesús? ¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús?
“Pero esa noche no pescaron nada” (v.3) ¿Tengo el valor para reconocer que en mí hay vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos? ¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Jesús y de su presencia? ¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar o de negar y que me hace infecundo? Él lo sabe todo, me conoce hasta el fondo; ve que no tengo nada que comer; pero soy yo el que debe aceptarlo, llegar a Él con las manos vacía y decírselo. ¿Estoy dispuesto a dar este paso para que surja el alba de mi día nuevo?
“Tiren la red a la derecha” (v.6) El Señor me habla claramente; hay un momento en el que, gracias a una persona, a un encuentro de oración, a una Palabra escuchada, yo comprendo lo que debo hacer. ¿Estoy dispuesto a escuchar y a obedecer? ¿Tengo el valor de confiar en Él o prefiero seguir tomando mis propias decisiones? ¿Quiero tirar mi red por Él?
“Simón Pedro… se tiró al agua” (v.7). Ahora es mi momento. ¿Quiero yo también arrojarme al mar de la misericordia del amor del Padre, entregarle a Él toda mi vida con mis dolores y mis deseos, mis pecados y mis esperanzas, mis ganas de volver a empezar y mis pocas fuerzas? ¿Qué estoy dispuesto a ceñir para poder nadar mejor y más rápido hacia Jesús?
“Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar” (v.10). El Señor pide unir su alimento al mío, su vida a la mía, los frutos de mi misión a los suyos. Él me espera a su mesa pero llevando también a todos aquellos hermanos/as que Él mismo me entrega. No puedo ir a Jesús sola/o. ¿Estoy dispuesta/o a acercarme al Señor, a sentarme a su mesa, a hacer Eucaristía con Él y a llevar conmigo a muchos hermanas y hermanos? ¿Cuáles son mis resistencias y mis obstáculos para ir a Él con los demás?
“¿Me amas tú?” (v.15) ¿Cómo respondo a esta pregunta? Recordemos que 1Jn 4,7-21 nos afirma que la iniciativa del amor a Dios es siempre divina, que en el amor no hay lugar para el temor, pero también advierte que no se puede amar a Dios que no se ve sin amar al hermano ¿Cómo es mi amor a Jesús?
“Apacientas mis ovejas” (v.15.16.17) ¿Quiero la misión que el Señor me confía?
“Sígueme” (v.19) ¿Acepto seguirlo donde Él quiera llevarme? ¿Dónde me pide seguirlo “hoy” y “ahora”?
ORACIÓN
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Padre misericordioso, que cuando como los Apóstoles, pocos días después de los acontecimientos de la Pascua se nos desvanezca su figura luminosa y recobremos el quehacer cotidiano, haznos recordar que “Jesús es el Señor”.
Padre fiel, interviene en nuestra vida cuando, sin confiar ya en los medios humanos, nos sentimos ansiosos o abatidos; vuelve a darnos el coraje de poner a tu Hijo en medio nuestro para que podamos caminar con renovada confianza hacia el Resucitado.
Padre bueno, te damos gracias por el don que nos has hecho de Jesús-Palabra y de Jesús-Eucaristía, pan de vida partido por nosotros y alimento de nuestra vida espiritual personal y comunitaria.
Padre generoso, queremos corresponder a este inmenso don tuyo de regalarnos a Jesús Resucitado intentando vivir en comunión constante con Él a través de los signos que el evangelista nos ha presentado: reconociéndonos infecundos sin Jesús, trabajando juntos por el Reino, obedeciendo Su Palabra y sentándonos con todos los hermanos que “pesquemos” en torno a la mesa eucarística.
Padre amoroso, Tú que me has creado para decirme que me amas y para pedirme que te ame en los hermanos, te doy gracias, porque el corazón de la Iglesia late con el corazón de Pedro, pero ama con el corazón de Cristo.

CONTEMPLACIÓN
¿Cómo hago propio en mi vida las enseñanzas del texto?
Hago silencio y vuelvo a recorrer el texto con el corazón.
Podemos hacer propias las palabras de Pedro:
“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”.
Así como soy, yo te amo. Para inscribirlas en el corazón, las repito y las rumio con la canción: “Tú sabes que te amo” (de Glenda).

Acción
¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
En Jn 21,4 se afirma que “los discípulos no sabían que era Él”. Como acción personal o comunitaria, podríamos esforzarnos en hacer una lista en la que concretemos todos los “lugares”, “momentos” o “situaciones” en donde reconocemos, hoy, al Señor Resucitado. Luego de hacer la lista, comprometernos a estar más atentos para “reconocer”, aunque sea desde lejos, al Señor.

Circulos Biblicos

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